lunes, 19 de agosto de 2024

Alejandro Manzoni, Los novios. Historia milanesa del siglo XVII

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En sintonía con la anterior entrega, proseguimos en estos días veraniegos con otra novela romántica ambientada en unos dramáticos acontecimientos históricos. I promessi sposi (1827) es la obra cumbre de Alejandro Manzoni (1785-1873), y una de la más destacadas de la narrativa decimonónica en cualquier idioma.

La obra transcurre durante la guerra de los Treinta Años, en el Milanesado hispánico (del lago de Como a la capital), durante el problemático episodio de la sucesión del ducado de Monferrato, disputado por franceses, saboyanos y españoles. El argumento desarrolla las sucesivas adversidades que sufrirán los enamorados del título, malévolamente perseguidos y separados durante casi dos años. Manzoni incluye y hace participar de la acción a distintos personajes históricos, pero el verdadero protagonismo recae en las calamidades y acontecimientos de esa época. Hambre, guerra, peste y muerte —los cuatro jinetes del apocalipsis— intervienen sucesivamente en el devenir de la novela.

Marcelino Menéndez Pelayo (Estudios y discursos de crítica histórica y literaria) valoró así esta obra: «Universal aplauso ha valido a Manzoni su novela I Promessi Sposi, uno de los dos libros italianos más leídos en este siglo. A decir verdad, Manzoni, que era ante todo un lírico, no parecía nacido para el género de Walter Scott. La acción de I Promessi Sposi es un poco lánguida, y los personajes principales no interesan grandemente; pero si la obra no es un dechado de novela, como algunos (con error, a mi juicio) pretenden, es a lo menos un libro elocuente y conmovedor, de los que hablan al corazón y al entendimiento. Notaré, sobre todo, cuatro episodios, el de la monja de Monza, modelo de análisis psicológico, el de la conversión del Innominado, el del tumulto de Milán y el de la peste. En muy pocos libros de esta centuria pueden encontrarse páginas que se acerquen a las citadas.»

Las abundantes versiones al español enumeradas por el Diccionario Histórico de la Traducción en España nos hablan del éxito persistente de la obra: «El clérigo Félix Enciso Castrillón fue el primero en castellanizar la obra con el título Lorenzo, o Los prometidos esposos. Suceso de la historia de Milán del siglo XVII (Madrid, Cuesta, 1833), pero su total falta de respeto al original, parafraseado y censurado sistemáticamente, la despojan de valor; le siguió la versión mucho más fiel del liberal Juan Nicasio Gallego (Barcelona, Bergnes de las Casas, 1836-1837), realizada a instancias de Aribau, y cuya larga fortuna —debida a la agilidad y elegancia del estilo— se prolongó hasta todo el siglo XX, a menudo bajo forma de plagio (a este último tipo pertenece, entre otras, la firmada por Javier Olondriz en 1956, mientras que son meras reelaboraciones suyas las de Florencio S. Yarza y Javier Costa Clavell, respectivamente de 1931 y 1972).

»La primera traducción basada en el texto definitivo de 1840 fue la de José Alegret de Mesa (Los prometidos esposos), que incluyó también la Historia de la Columna Infame (Madrid, Cabello y Hermano, 1850), aunque, al igual que las anteriores, omitió la Introducción ideada por Manzoni para presentar la obra como reescritura personal de una crónica anónima. Su excesiva literalidad impidió que tuviera nuevas ediciones (salvo dos plagios aparecidos anónimamente en París, en 1852, y en Sevilla, en 1876), cosa distinta a lo ocurrido con otra versión, castiza y parafrástica, de Gabino Tejado, aparecida en 1859 (Los novios; Valencia, Imprenta Católica de Piles), y objeto de reediciones hasta los años 60 del siglo XX bajo el patrocinio de la Iglesia (Viada i Lluch refundió el texto para la editorial barcelonesa La Hormiga de Oro en 1933).

»En el año de la muerte del escritor, Manuel Aranda y Sanjuán tradujo nuevamente la novela, incluyendo por vez primera la Introducción y añadiendo grabados de diversos artistas (Los novios; Barcelona, La Ilustración, 1873-1874); sin embargo, pese a su pulcritud, nunca llegó a reimprimirse, y otro tanto ocurrió en el siglo XX con dos nuevas versiones ligadas a la letra original, la de Ramón Sangenís (Los novios; Barcelona, Fama, 1952) y la de Amando Lázaro Ros (Los novios; Madrid, Aguilar, 1961; editorial que había venido reimprimiendo la versión de Gallego).

»Las primeras décadas del siglo XX, en cambio, habían visto aparecer la única y excelente traducción catalana de la obra debida a Maria Antònia Salvà (Els promesos. Història milanesa del segle XVII; Barcelona, Editorial Catalana, 1923-1924, revisada por Francesc Vallverdú en 1981), mientras que las últimas aportaron dos nuevas traducciones en castellano atentas al estilo y al ritmo de la prosa original, la de Esther Benítez (Madrid, Alfaguara, 1978) y la de Nieves Muñiz (Madrid, Cátedra, 1985), ésta acompañada por amplio estudio introductorio y aparato de notas. A ellas se ha sumado en 1996 la versión gallega de Xavier Rodríguez Baixeras (Vigo, Galaxia), mientras que falta aún una traducción al euskera.»

Hemos escogido la traducción de Juan Nicasio Gallego (1777-1853), de 1836, aunque hemos utilizado su reedición en la benemérita Biblioteca Clásica (1880). Esta versión de Gallego se realizó por iniciativa de Buenaventura Carlos Aribau (1798-1862), admirador de Los novios desde años atrás, como se observa en el arranque de su más conocida obra, la Oda a la patria (1833): «A Déu siau, turóns, per sempre á Déu siau; / O serras desiguals, que allí en la patria mia...», evidentemente inspirado en la sentida despedida cuando los protagonistas se ven obligados a abandonar su pueblo natal, en el capítulo VIII de la novela.

Ercole Calvi, Familia de pescadores de Lecco, en el lago de Como

lunes, 5 de agosto de 2024

Fernando Patxot, Las ruinas de mi convento

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Hace un tiempo dedicamos varias entregas de Clásicos de Historia a las conocidas bullangas de Barcelona, en los inicios del triunfo definitivo del liberalismo en España. Comunicamos varias obras de algunos de los autores y testigos de esos acontecimientos (Francisco Raull, Joaquín del Castillo y Mayone, Ramón Xaudaró, Eugenio de Aviraneta y Tomás Bertrán Soler…, así como el pormenorizado estudio posterior de Cayetano Barraquer, que recogió una extensa y variada colección de testimonios y documentos de la época. Pues bien, aportamos ahora una obra que novelizó estos hechos con un éxito en su difusión considerable y persistente, pocos años después de que ocurrieran. Las ruinas de mi convento se publicó en 1851, sin mención del autor quizás como recurso para atribuirla a Manuel, su protagonista, que la narra en primera persona. Si El Señor de Bembibre, de Gil y Carrasco, publicada en 1844 pasa por ser la mejor novela histórica del romanticismo español, la que hoy nos ocupa podría considerarse como una de las más destacadas entre las de tema contemporáneo.

Naturalmente presenta las características y tópicos del romanticismo: exuberancia de sentimientos y emociones, un idílico e inocente amor contrariado, en el que los enamorados se comunican con el lenguaje de las flores que ellos mismos idean, un supuesto intento de suicidio que no es tal, la poderosa presencia de la naturaleza, en ocasiones desatada, la epidemia de fiebre amarilla de 1821 en Barcelona, hasta desembocar en la mayor catástrofe de la novela, la quema de los conventos y la matanza de frailes de 1835, que sin embargo provocará el momentáneo reencuentro de los dos antiguos enamorados, separados tanto años atrás, en el momento de la muerte de ella. Naturalmente, es una novela de ideas, de tesis, que defiende una visión cristiana de la vida con las herramientas que le proporcionan los valores, moda y estética de su tiempo. Puede resultar interesante comparar esta obra con su contemporánea Viaje por Icaria (1841) de Cabet, ejemplo logrado de novela utópica de carácter socialista. La oposición absoluta en lo ideológico no puede ocultar las múltiples coincidencias de planteamientos y actitudes, especialmente en el devenir de sus amores contrariados de sus respectivos protagonistas.

Las ruinas de mi convento fue un rápido éxito editorial: publicada en 1851, se reimprimió en vida del autor en 1856, en 1858 y en 1859. Después, en 1861, 1871, 1874, 1876… y con un ritmo similar prosiguieron las impresiones hasta mediados del siglo XX. Fue inmediatamente traducida al alemán (1852), al francés (1855 y 1857) y al italiano (1857). El interés general que despertó llevó a Fernando Patxot a continuarla en 1856 con Mi claustro: por sor Adela, en la que el protagonismo pasa a la partenaire de la obra original, lo que nos permite observar la misma época y acontecimientos de Las ruinas, desde otro punto de vista. Y en 1858 concluye la trilogía con Las delicias del claustro y mis últimos momentos en su seno, en la que se continúa la vida de Manuel, su inicial protagonista, Tras la matanza de frailes de 1835, su encierro en la Ciudadela de Barcelona le permite narrar el asalto y asesinato de los prisioneros carlistas. Hay además varias digresiones históricas, abundantes aventuras, y un último refugio en Montserrat. Estas dos continuaciones también gozaron de considerable fama, y fueron habitualmente editadas de forma conjunta.

Fernando Patxot nació accidentalmente en Mahón en 1812 como consecuencia de la guerra de la Independencia. Pronto su familia regresó a Barcelona, de donde procedía. Durante su infancia y juventud en esta ciudad pudo observar y sufrir acontecimientos que luego incluirá en la obra que comunicamos. Abogado, fue ante todo un prolífico escritor y periodista, especialmente interesado en la historia de España, a la que dedicó numerosas y extensas obras: Las glorias nacionales. Grande historia universal de todos los reinos, provincias, islas y colonias de la monarquía española desde los tiempos primitivos hasta el año de 1852 (6 tomos), Anales de España desde sus orígenes hasta el tiempo presente (10 tomos), y muchas otras más. Fundó y dirigió el periódico barcelonés El Telégrafo, aunque brevemente, ya que tras padecer algunos fracasos económicos y ciertas desgracias familiares, murió —intencionada o accidentalmente— en agosto de 1859, todavía joven.

Fue un nacionalista español, aunque defensor de la periferia, en sintonía en este sentido con el pensamiento de Balmes. Concluimos con este párrafo del prólogo de sus Anales: «Doloroso es ver que los hombres dedicados a historiar las glorias y los desastres de un pueblo grande no hayan sabido despojarse de los hábitos de provincialismo, elevarse en el pensamiento, recorrer con una mirada la península, y convencerse de que no en vano nuestros príncipes, al juntar en uno los más poderosos reinos de nuestra patria, ya no se llamaron señores de Aragón, Navarra, León o Castilla solamente, sino reyes de España. Pero, así como en la Gaceta no se ven otras armas de España que los leones y los castillos, y al salir triunfante el honor nacional defendido con sangre española, no se mienta comúnmente la España, sino los pendones castellanos; y al hablarse en la Guía nacional de nuestros antiguos reyes, hasta los de Aragón y los de Navarra son reputados indignos de estar en lista: de la misma manera que esto pasa en el centro de la península por un efecto de las pequeñeces humanas, no de otra suerte para nuestros historiadores generales Castilla es España. Las equivocaciones, los errores, los descuidos, no son lunares como no recaigan en cosas de Castilla.»

La fiebre amarilla. Grabado de Nicolas-Eustache Maurin

lunes, 22 de julio de 2024

Marqués de Ayerbe, Memoria sobre la estancia de D. Fernando VII en Valençay y el principio de la Guerra de la Independencia

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En 1815 Benito Fernández Navarrete, rector de la Universidad de Zaragoza y hermano del eximio marino e historiador Juan Fernández Navarrete, pronuncia una Oración fúnebre en las solemnes exequias que, cinco años después de su muerte, se celebran en honor de «D. Pedro María Urries, Marques de Ayerve, de Lierta, de Rubi, Grande de España, Rico-Home por Naturaleza, Caballero Mesnadero del Reyno de Aragón, Senescal en el de Navarra, Gran Cruz de la Real y distinguida Orden de Carlos III, Gentil-Hombre de Cámara con exercicio. Mayordomo mayor de S. M. &c. asesinado por los enemigos del Rey y de la Pátria, en el desempeño de la mas útil é importante empresa que pudo concebirse para salvar el Estado, y para que mostrase los subidos quilates de su lealtad y patriotismo.» Formando parte de la Corte, en 1807 había tomado partido por la causa del príncipe heredero Fernando, contra la de los reyes y Godoy. Por lo que fue encausado y desterrado. Pero el éxito de ese primer golpe de estado contemporáneo que fue el motín de Aranjuez, le devolvió a su elevada posición junto al nuevo rey. Pero escuchemos al fúnebre orador:

«Pero su amor y lealtad van á ser expuestos á mayores y mas terribles pruebas. Un enemigo pérfido había ya ocupado las principales fortalezas de la Península, é introducido legiones numerosas y aguerridas hasta el corazón de nuestro Reyno. Este monstruo coronado, que Dios envió en el dia de su cólera para castigar á los Monarcas de Europa, adormecidos con el prestigio de una loca é impía filosofía, pensaba extender su colosal poder de uno á otro ángulo de la tierra, para degradar la especie humana y burlarse del Omnipotente, cuyos atributos usurpa sacrílego (…)

»La Casa de España á quien debía tan grandes, como no merecidos favores: la Corte de Madrid, que participando del contagio de temor y amilanamiento común á las demás de Europa, en fuerza de vergonzosas condescendencias habia puesto en manos de su fingido aliado sus tesoros, sus esquadras y la flor de sus Exércitos, esto no obstante se halla comprehendida en su proscripción irrevocable. Valiéndose de su política peculiar ha sembrado en aquella la división y la discordia; y á pretexto de esta y de su leonina alianza, finge tomar parte como pacificador y auxiliador, para cubrir con tan artificioso velo la negra usurpación que proyectaba. El Pueblo Español demasiado ilustrado trastorna sus maquiabélicos planes; mas mudando los medios, no desiste de su empresa, y en fuerza de mañosos y pérfidos manejos arrastra á sus dominios todos los individuos de la Real Familia.

»El Rey animado de un espíritu de paz, queriendo evitar los peligros y la efusión de la preciosísima sangre de sus amados vasallos; no abrigando por otra parte en su recto corazón sospechas sobre atentados tan inauditos como los que le preparaba el execrable Antioco de nuestro tiempo, dá la última prueba de su buena fé, poniéndose en sus manos: yá no hay remedio. El Tirano de la Europa, el Soberano mas inmoral que se ha sentado sobre Trono alguno, arranca de manos de Fernando el cetro que en ellas habian puesto la naturaleza y el voto de los pueblos (…) ¿Y qué partido tomará el Marques de Ayerve cargado de familia, viéndose precisado, si ha de seguir al Rey en su desgracia, á abandonar una Esposa amable, la educación de sus hijos y el cuidado de sus negocios domésticos? Yo bien sé que su amor y lealtad al Rey, aunque destronado, le hará ser consecuente en sus principios, y lo decidirá á acompañarlo hasta el ultimo trance de su vida (…)

»Pero todavía manifestará su lealtad mayor brillo en las difíciles circunstancias y delicada situación, á que se verá reducido en el cautiverio de Valencey. No contento el tirano con la seguridad de su presa, no perdona medio de quantos le dicta su inmoralidad para degradar el carácter de unos Jóvenes, á quienes juzgaba menos arraigados en las virtudes y en la Religión que él desconoce. Ayerve que prevee los lazos que se les arman, no omite diligencia alguna para evitarlos; y tan celoso de la vida de sus Amos, como de la conservación de su inocencia y buena fama, encuentra recursos para impedir los funestos efectos de las tramas urdidas con tan siniestros fines. Su corazón se llena de consuelo, quando alivia las penas del Monarca con las reflexiones y oportunos oficios que le proporcionan sus desvelos.

»Mas las tribulaciones crecen, y el Rey expuesto á carecer de lo mas preciso para su subsistencia (pues aun esto se le negaba) se vé en la necesidad de comisionar parte de su familia, para agenciar el cumplimiento de lo tratado acerca de sus alimentos. En tan critica sazón queda por su Mayordomo mayor el Marques de Ayerve (…) ¡Qué de sentimientos y de angustias tubo que tolerar en aquellos siete meses, al ver la mezquindad y grosería con que se iba estrechando la suerte de los Príncipes! ¡Qué de precauciones y medidas les propuso, y qué de elogios les mereció, hasta ver á su propio Rey tomar la defensa de su conducta acriminada por uno de los satélites del Tirano, que día y noche los acechaba! Ni las reclamaciones del Ministerio de Policía, ni sus temibles amenazas sirven para arredrarlo de quanto executa en beneficio de su Soberano.

»Mas aun restan nuevos disgustos que sufrir, y nuevas amarguras que apurar (… y) entre lágrimas y muestras las más tiernas de sentimiento, es separado Ayerve de la compañía de un Soberano, á quien amaba de corazón, y á quien pensaba acompañar mientras viviese. Ni la memoria, ni las pruebas de amor y gratitud que debe al Rey nuestro Señor después de su partida, ni la proporción de reunirse á su familia, pueden aliviar su dolor en tan cruel separación; y así devorado por el deseo de contribuir á su libertad, después de despreciar generosamente las fementidas promesas y ventajosos partidos que se le proponen por el Usurpador, huye con peligro de su vida para presentarse al Gobierno legítimo, y acordar con él su atrevido plan de libertar al Rey de su cautiverio (…)

»A pesar de ver inundada la Península de tropas del Usurpador; sin embargo de constarle, que todos los rincones de la España ocupados por el enemigo, se hallaban sembrados de espías ó emisarios de una sombría y abominable Policía, á cuyos inhumanos manejos se había confiado la extensión y seguridad del Imperio del Tirano; sin temer ni sus fuerzas ni sus ardides, resuelve aventurarse á tantos y tan complicados peligros por la salvación de su Rey y de su Patria. ¡Qué espectáculo, Señores! Un Grande, á quien sobraban conveniencias, á quien llamaba, con los mas poderosos estímulos, la compañía de una Esposa y de una familia llena de atractivos; que podía sin mengua de su opinión y lealtad disfrutar de algún descanso, con mejora de la suerte de sus amadas prendas; insensible á ellos lo desprecia todo, y se arriesga disfrazado á viajar sin comodidad, acompañado solo del malogrado joven Wanestron, hallando un tropiezo á cada paso y un peligro cada momento, por procurar la libertad á su Rey, y el reposo á su afligida Patria (…)

»Pero quán vanos son los juicios de los hombres, y quán quebradizos sus proyectados planes! No te será dado, Ilustre Ayerve, librar á tu Rey de su cautiverio: destinado estabas para acompañarlo en sus tribulaciones sin participar de sus felicidades. ¡Y quien sabe si éstas se hubieran trastornado! El Marques con su digno compañero atraviesa Provincias, vence peligros; y quando parecía aproximarse el cumplimiento de sus deseos, una mano pérfida ataja sus pasos, y priva á la España de las mas lisongeras esperanzas. ¡Campos de Lerin, si durante la pasada lucha habéis sido por dos veces teátro del honor, donde ha brillado con gloria el valor de los Españoles, también sois manchados con la inocente sangre de dos fieles servidores del Rey y de la Patria!»

Y en nota, ya sin trenos funerarios, narra la muerte del marqués: «En la mañana del Lunes 1.° de Octubre de 1810 salieron el Marques y su compañero el Capitán Wanestron de la Villa de Mendavia, y fueron detenidos por dos Soldados montados que preguntaron á donde iban, y pidieron los pasaportes, que no tubieron reparo en mostrarles; y satisfechos al parecer los dexaron continuar su camino: habiendo andado como un quarto de legua, advirtieron que dichos Soldados, corriendo con sus caballos, volvían para ellos, y llegando á donde estaban los detubieron; y á pretexto de que necesitaban llevarlos á presencia de su Comandante que dixeron se hallaba en Calahorra, los introduxeron en un Corral, en el que les robaron el dinero que llevaban en los bolsillos; luego saliendo de él los hicieron atravesar la Sierra del Pinar basta otro Corral llamado de Cabrera, término y jurisdicción de la Villa de Lerin; en donde después de asesinarlos á sablazos, envolvieron sus cadáveres en un monton de estiercol, de donde fueron extraídos el día 24 del mismo Octubre por la Justicia de Lerin, ignorando la calidad de las Personas, y dándoles sepultura en la inmediación del mismo.»

Presentamos las breves memorias que redactó el marqués de Ayerbe sobre estos acontecimientos durante el último año de su vida. Conservadas por su familia, las ordenó y publicó en 1893 Juan Jordán de Urriés y Ruiz de Arana, bisnieto del autor y heredero del título.

lunes, 8 de julio de 2024

Jerónimo Münzer, Viaje por España y Portugal en los años 1494 y 1495

De la Crónica de Nuremberg

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M.ª Carmen Lacarra Ducay escribe en su aportación al volumen colectivo Con otros ojos. El arte aragonés visto por los viajeros (Zaragoza 2023):

«Son escasas la noticias que se tienen de este viajero que en los años de 1494 y 1495 hizo un largo viaje, que luego publicó con el título de Itinerarium sive peregrinatio per Hispaniam, Franciam et Alemaniam, cuya parte correspondiente a nuestro país publicó el señor L. Pfandl en la Revue Hispanique, con el título de Itinerarium hispanicum, en 1920 (t. XLVIII). El manuscrito se conserva en la Biblioteca de Munich (Codex Latinus Monacensis 431, fols. 96-103), perteneciente a la biblioteca de Hartmann Schedel, famoso humanista de la ciudad alemana de Nuremberg. El hispanista italiano Arturo Farinelli (1867-1948) que había consultado el manuscrito de Münzer en la Biblioteca de Munich, recomendaba vivamente su publicación, afirmando: “Es este, según mi humilde parecer, el más interesante viaje por España de la Edad Media… Su peregrinaje por España y Portugal está diligente y ampliamente descrita en buen latín y es solo comparable al viaje famoso de Andrés Navagero, gentilhombre veneciano.”

»De su autor, que firmaba sus escritos como Hierónimus Monetarius, únicamente se sabe que habría nacido probablemente en Feldkirch (Austria), población que se encuentra en el límite occidental de la región del Tirol, en una fecha imprecisa que, no obstante, suele situarse en torno a 1460. Se supone que pertenecía a una familia acaudalada, y que en 1479, a los 18 o 20 años, recibió el grado de doctor en Medicina por la Universidad italiana de Pavía, ciudad en donde había cursado sus estudios. En 1480 trasladó su residencia a Nuremberg, donde ejerció durante algún tiempo su profesión de médico, y contrajo matrimonio, alcanzando cierta notoriedad por sus conocimientos de cosmografía y astronomía, hasta que en 1484, al declararse una epidemia de peste en la ciudad, hubo de trasladarse a Italia, donde permaneció diez años, visitando las ciudades de Roma, Nápoles y Milán (...)

»De regreso otra vez a Nuremberg, un nuevo brote de peste le obligó a abandonar por segunda vez la ciudad, en 1494, acompañado en esta ocasión por tres jóvenes amigos suyos, hijos de ricos comerciantes y mercaderes alemanes, que hablaban italiano y francés. Los cuatro juntos emprendieron viaje el día 2 de agosto de 1494 y, tras atravesar Alemania, Suiza y el sur de Francia, llegaron a Perpiñán el 17 de septiembre, y a lo largo de casi cinco meses, hasta el 8 de febrero de 1495, recorrieron los reinos de la península ibérica antes de volver a su patria (...)

»La finalidad del viaje bien pudiera haber sido la de tratar con el rey Juan II de Portugal una posible participación alemana en las empresas de Ultramar por encargo del emperador Maximiliano. Hay que recordar que Cristóbal Colón había llegado a Lisboa el 4 de marzo de 1493, tras su primer viaje, y hay que preguntarse si Münzer ya estaba al corriente del resultado del mismo. Jerónimo Münzer escribe el 14 de julio de 1493 una carta al rey Juan II de Portugal (1481-1495), sobrino del rey Enrique el Navegante, en la que propone al rey portugués una empresa marítima similar a la de Cristóbal Colón para ir en busca de las costas de Asia por el Atlántico, con el consentimiento, si no por indicación, del emperador Maximiliano de Austria (...)

»Esta circunstancia ha dado sobrados motivos para especular acerca del verdadero motivo del viaje de Jerónimo Munzer a la península ibérica, considerando, con buen sentido, que bien pudiera tratarse de un trabajo como embajador secretamente enviado por el emperador Maximilano con una doble misión: averiguar cuanto le fuera posible sobre los resultados de los primeros viajes colombinos y conocer las intenciones que al respecto se fraguaban en la Corte española y, al mismo tiempo, estudiar las posibilidades de un acuerdo de colaboración con Portugal en la empresa ultramarina.

»Existe la certidumbre de la extrema dureza de las condiciones del viaje, que fue realizado a caballo, alquilándose las monturas a los arrieros en los meses de invierno, haciendo doble jornada y cabalgando mañana y tarde. La llegada a una ciudad de los cuatro viajeros alemanes no significaba, como pudiera creerse, dedicarse al descanso sino, bien al contrario, recorrerla acompañados por atentos compatriotas o amables anfitriones que tratarían a los viajeros con especial deferencia. Jerónimo Münzer no conocía el español ni la Historia de España pero posiblemente lo hablaban alguno de los tres amigos que lo acompañaban. Él conocía bien el latín y el italiano, y en España se encontraría con numerosos mercaderes alemanes en su recorrido. En el texto se observan alusiones frecuentes al mundo conocido por su autor y por los probables destinatarios del texto, estableciendo repetidas comparaciones con las ciudades y ríos alemanes a la hora de describir los lugares que se visitan.

»Jerónimo Münzer es un viajero excepcional por muchos motivos y, especialmente, por su disposición a dejarse sorprender a cada instante, su deseo de alabar sin reticencias cuanto aparece ante sus ojos, ajeno a cualquier actitud de superioridad ante un país y unas costumbres que, necesariamente, habían de resultarle extraños. Se trata de un minucioso relato de un itinerario cuyo mayor interés reside en la multitud de preciosos detalles que proporciona acerca de la vida cotidiana en la España de finales del siglo XV, al margen de las razones que pudieran estar en su origen.

»Deben destacarse en él sus valiosas descripciones de las costumbres y situación de los moriscos del reino de Granada, cuando aún no se habían cumplido tres años de su reconquista por los Reyes Católicos (1492). La obra atesora otras muchas informaciones sobre los asuntos más dispares. Los comerciantes alemanes afincados en los lugares visitados por Jerónimo Münzer y sus acompañantes, las construcciones y los monumentos de las distintas ciudades que visitan, la variedad y riqueza de los productos agrícolas, los tesoros y riquezas que se guardaban en los templos, los gustos de la nobleza española, las curiosidades de la población morisca…»

Lorenz Fries, Tabula Nova Hispania, 1535

lunes, 24 de junio de 2024

Conde de Robres, Historia de las guerras civiles de España desde 1700 hasta 1708

Armas del autor

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Agustín López de Mendoza y Pons (1662-1721), marqués de Vilanant, conde de Robres y de Montagut, y señor de Sangarrén y de otras baronías aragonesas y catalanas, de ilustres ascendientes y descendientes (entre ellos el famoso conde de Aranda), ha nacido en Barcelona, aunque se identifica repetidas veces como aragonés en la obra que presentamos esta semana. Ha vivido con preocupación la división creciente, con tomas de postura enfrentadas, que se genera con la problemática sucesión de Carlos II: «Y respondiendo a las sátiras con otras sátiras que también eran reciprocadas con igual amargura, se empezó ya desde este tiempo a encenderse una guerra civil de plumas, que debía ser preliminar de otra más sangrienta. Estas consecuencias las conocían los que menos penetraban, con que fue tanto más de extrañar que los ministros en vez de atajarlas las fomentasen.»

Y la guerra llega, y teme «que faltando a la posteridad una verdadera relación de las causas y progresos de tan gran mal, falte también la instrucción conveniente para evitarle en adelante.» Pero «es peligroso desplegar al público con la pluma la verdad, porque se ha hecho ya carácter de entrambos partidos el esforzar la mentira, y fuera de eso, dominando enteramente a la razón la voluntad, nos vemos miserablemente reducidos en un caos por todas partes inaccesible… Por eso desearía poder trasmitir a mis sucesores una Historia de nuestra infelice era, que reservada en lo muy secreto de una gaveta, pudiese en tiempos menos peligrosos aprovecharles, y al público.» 

Las Memorias para la historia de las guerras civiles de España permanecerán inéditas hasta su publicación en Zaragoza en 1882. Resulta una obra sorprendente en muchos sentidos, pero principalmente por su independencia de criterio: aunque el conde de Robres optó por los Borbones en lugar de los Austrias, mantiene un patente esfuerzo en pro de la imparcialidad al narrar acontecimientos y enjuiciar personajes de la guerra de sucesión. Se documenta, en la medida de lo posible, respecto a los diferentes derechos dinásticos de los competidores por el trono. Compara, con perspicacia, las semejanzas y diferencias del proceso homogeneizador de la monarquía por parte de Felipe V, con el fenómeno paralelo que está teniendo lugar en Gran Bretaña (a la que denomina así). Critica y deplora, en fin, los decretos de nueva planta para Aragón y Valencia, consecuencia de la Batalla de Almansa...

José María Iñurritegui, inicia así su estudio de Las Memorias del Conde de Robres: la nueva planta y la narrativa de la guerra civil: «En las entrañas de la traumática contienda civil del amanecer del Setecientos hispano el Conde de Robres, Agustín López de Mendoza y Pons, encuentra el momento adecuado para el sutil y delicado cultivo de la memoria histórica. La participación política activa de un noble aragonés de filiación borbónica en el certamen sucesorio desemboca en la primavera de 1708 en la composición de unas atípicas Memorias que elocuentemente se dicen para servir a la historia de las guerras civiles de España. La propia operatividad pretendida por el autor para su texto, y la profunda reformulación del sentido moral y político del valor didáctico de la historia que destila, convierten esas páginas en una pieza ciertamente singular en el complejo panorama de la narrativa de la guerra civil. Frente al uso político común de la historiografía en el turbulento teatro de la confrontación dinástica y civil, la glosa laudatoria de las glorias del monarca, las Memorias asumían ya por principio el inusual empeño de arrojar luz y levantar acta sobre las causas de fondo que motivan el desastre del encuentro doméstico. Apegadas en todo momento a la más pura y feroz dimensión civil del combate y a su más honda esencia política, siempre fieles al preciso estímulo al que responde la opción misma de la escritura, las Memorias forjan sobre esa peculiar mirada una acusada personalidad narrativa y política con novedades de subido valor en su género y en su contexto.»

Archivo Histórico Provincial de Zaragoza

lunes, 10 de junio de 2024

Isidoro de Sevilla, Historia de los reyes godos, vándalos y suevos

De un códice del siglo X

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Ramón Menéndez Pidal, en su Universalismo y nacionalismo. Romanos y germanos (1940), extensa introducción al tomo III de la monumental Historia de España que dirigía, se refiere así a la obra que comunicamos esta semana.

«Al leer a Idacio asistimos al laborioso parto de España y de su historia; en el Biclarense vemos crecer una historia de España , aunque sujeta todavía a una crónica de emperadores; Isidoro es el primero que saca esta historia de la tutela imperial, para darle independencia y espíritu propio. El metropolitano de Sevilla no es godo, como el monje Biclarense es romano, y, sin embargo, participa del mismo entusiasmo goticista, pues ya para unos como para otros los destinos de España estaban indisolublemente ligados a los del pueblo que había hecho de la Península una monarquía poderosa. La historia isidoriana del pueblo glorioso temido de Alejandro, de Pirro, de César, toda ella computada por la era española, termina en el año 624 con las victorias de Suintila, en especial la conquista de las últimas ciudades que el Imperio romano conservaba en la Bética; así se repite: Suintila fue el primero que tuvo la monarquía de toda España, totus Hispaniæ, del lado de acá del Estrecho. La marina creada por Sisebuto acechaba el momento de transfretar, para hacerse con la Tingitana, que aún retenía el Imperio bizantino y que era parte integrante de la España romana.

»Es época de entusiasmo gótico, y ese entusiasmo dicta a Isidoro el prólogo de su Historia, en loor de España, De laude Spaniæ, donde define qué es para él España y qué es lo que la hace amable.

»De todas las tierras cuantas hay desde Occidente hasta la India, tú eres la más hermosa, oh sacra España, madre siempre feliz de príncipes y de pueblos. Bien se te puede llamar reina de todas las provincias…; tú, honor y ornamento del mundo, la más ilustre porción de la tierra, en quien la gloriosa fecundidad de la raza goda se recrea y florece. Natura se mostró pródiga en enriquecerte; tú, exuberante en fruta, henchida de vides, alegre en mieses…; tú abundas de todo, asentada deliciosamente en los climas del mundo, ni tostada por los ardores del sol, ni arrecida por glacial inclemencia… Tú vences al Alfeo en caballos y al Clitumno en ganados; no envidias los sotos y los pastos de Etruria, ni los bosques de Arcadia… Rica también en hijos, produces los príncipes imperantes, a la vez que la púrpura y las piedras preciosas para adornarlos. Con razón te codició Roma, cabeza de las gentes, y aunque te desposó la vencedora fortaleza Romulea, después de florentísimo pueblo godo. Tras victoriosas peregrinaciones por otras partes del orbe, a ti te amó, a ti raptó, y te goza ahora con segura felicidad, entre la pompa regia y el fausto del Imperio.

»Esta férvida Laus Sapaniæ se inspira, a mi ver, principalmente en la Laus Serenæ de Claudio, que ya conocemos. Isidoro, con su vaga mención de la riqueza de España en príncipes y gentes, nos impresiona menos que Claudiano con sus precisas alusiones a los augustos hispanos; es que Isidoro tiene el mal acuerdo (lo mismo en todo su relato histórico) de buscar elevación o elegancia en la vaguedad, huyendo la individuación de personas y lugares; no estima, como Claudiano, el alto valor poético de lo concreto. Sin embargo, él comunica más emoción a sus palabras y mayor alcance desde el momento que, lejos de hablar de una región del mundo entero, habla como historiador de un pueblo. Por esto el loor isidoriano se aparta de toda la serie de loores de España que produjo la literatura latina. No es el postrero en la serie de ellos; no es, como se ha dicho, el canto del cisne de la provincia romana, sino, al contrario, es el canto auroral de la alondra que acompaña a los desposorios de España con el pueblo godo y anuncia el advenimiento de la nueva nación. El nuevo loor lo dice; por eso Isidoro, que sabe bien lo que en la nueva edad del Occidente significa el germanismo, confunde la historia de España con la del antiquísimo pueblo emigrante introducido en ella por Ataúlfo.

»Esa concepción de San Isidoro era participada por todos. La patria y los godos son dos cosas inseparables; Gothorum gens ac patria es la expresión corriente, lo mismo en las leyes que en los cánones, para significar el interés general del Estado.

»En esta edad germanorromana el universalismo imperial desaparece, quedando sólo representado por el universalismo eclesiástico, y surge un sentimiento contrario: el nacionalismo político y cultural. Los germanos son los que suelen dar nombre a estos círculos nacionales nuevos: Anglia, Francia, Burgundia, Lombardía…; España está a punto de ser una Gotia si no es porque Ataúlfo dijo que no quería que eso sucediera; pero aunque el rasgo fisonómico más saliente de los nuevos países es germánico, el sentimiento nacional es una creación románica. Lo vimos, como escabulléndose del universalismo agustiniano, surgir de la provincialización del Imperio en Paulo Orosio. Isidoro nos lo da ya perfecto, en cuanto a lo político, en el loor de España; y en cuanto a lo cultural, nos lo formula el concilio IV por él presidido, proclamando la unificación de la Iglesia en toda España (téngase presente que en esta época la cultura es exclusivamente eclesiástica): una misma disciplina, una liturgia, unos mismos himnos para todos los que vivimos —dice el concilio— abrazados por una misma fe y un mismo reino, qui una fide complectimur et regno. Al lado del Estado nacional se crea, no digamos una Iglesia nacional en el sentido propio de la frase, pero sí una Iglesia nacionalizada y coherente, bajo la supremacía de Toledo, Iglesia unificada por una liturgia especial, que fue llamada isidoriana, la cual no dejará de existir sino en el siglo XI por tenaz empeño de Gregorio VII.

»A pesar de la desaparición del Estado godo, las posteriores historias de España se llamaron frecuentemente Historia de los godos, imitando a la de Isidoro; y la autoridad del gran polígrafo hizo que la Laus Spaniæ, el himno natalicio del pueblo hispanogodo, quedase entre los connacionales del obispo hispalense como el credo nacionalista profesado durante muchos siglos, reiterado y refundido en múltiples formas, lo mismo en tiempos muy críticos para el amor patrio que en épocas de nueva exaltación optimista.»

Presentamos el texto original del año 624, ampliación de otra versión anterior más reducida, y una traducción propia. También hemos agregado unos pocos pasajes de las Etimologías —la gran obra de Isidoro y la de mayor difusión a lo largo de los siglos—, referentes a su concepción de la Historia, a los pueblos godos, vándalos, suevos e hispanos, y a la propia Hispania. En su día ya comunicamos su Crónica Universal.

El inicio de la Historia Vandalorum en un códice de los siglos XI o XII.

lunes, 27 de mayo de 2024

Ángel Salcedo Ruiz, Contra el regionalismo aragonés

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El nacionalismo moderno, con potentes fundamentos desde la afirmación de las monarquías autoritarias y con el aporte ideológico decisivo de la Ilustración y el romanticismo, se generaliza en España con la guerra de Independencia, tanto entre los partidarios del liberalismo como entre los de la tradición. Coincide en el tiempo, por tanto, con el acelerado declive del reino, que le apea del estatus de gran potencia a causa de su prolongada inestabilidad política y de la pérdida de su imperio.

Sólo más tarde, en el último cuarto del siglo XIX, nacerán y se difundirán los nacionalismos particularistas, primero en Barcelona, luego en Bilbao y finalmente en otras regiones. En cierta medida, y a pesar de que persigan la distinción o ruptura con España, estos nacionalismos alternativos son reflejos especulares del nacionalismo español, con múltiples coincidencias. A aquellos y a éste se les puede aplicar por igual conocidas expresiones que han dado título a algunos libros imprescindibles: la nación siempre es una Mater dolorosa cuyo dificultoso servicio supone a su adorador el ingreso en un bucle melancólico.

Pues bien, el aragonesismo político también surge en ese ambiente finisecular, y aunque con menos resultados que el catalanismo y el vasquismo, dará lugar a un movimiento minoritario que perdurará en el tiempo. Uno de sus representantes fue Juan Moneva y Puyol, de quien comunicamos algunos de sus artículos aragonesistas en Cuestiones políticas (republicanas y regionalistas). Los dos centros principales del nacionalismo aragonés fueron Zaragoza y Barcelona, esta última a causa de la abundancia de inmigrantes (en ese tiempo proceden del valle del Ebro y del Levante mediterráneo) que capta su poderosa industrialización. Habrá una relación difícil entre los nacionalismos catalán y aragonés, en la que se alterna atracción y repulsión.

Presentamos hoy un serie de artículos que un observador ajeno (que podríamos considerar nacionalista español) consagra a este regionalismo aragonés. Los publica entre 1918 y 1920 en el venerable Diario de Barcelona, ciudad en la que reside tras una estancia anterior de más de un año en Zaragoza. El gaditano Ángel Salcedo Ruiz (1859-1921) fue un abogado, jurídico militar, intelectual y político, de abundante obra publicada. En julio de 1918 fue nombrado Auditor de la capitanía General de la 5.ª Región Militar, con destino en Zaragoza, donde permaneció hasta septiembre de 1919, cuando se trasladó a Barcelona, desempeñando el mismo cargo en la 4.ª Región hasta marzo de 1920.

La postura del autor es clara: «Recién llegado a Zaragoza me apresuré a manifestar en el Diario mi primera impresión sobre el regionalismo aragonés; y... escribí que, a mi juicio, hay en Aragón mucho afecto a la tierra natal; sentimiento de solidaridad regional en cuanto que los aragoneses todos se sienten un pueblo, o, quizá mejor, una gran ciudad campesina cuyo barrio central y verdaderamente urbano es Zaragoza, en la clase culta entusiasmo por el pasado glorioso, y en todos vivo deseo de fomentar los intereses económicos de la región, singularmente los agrícolas, cifrados hoy en las obras hidráulicas; que, fuera de esto, en ninguna ciudad española es el natural de otras regiones menos forastero que aquí; y, finalmente, que el regionalismo a la catalana, sostenido por algunos intelectuales, no encuentra eco en la opinión, sino una resistencia formidable, porque es la de todos, y más que airada, pasiva y zumbona, propia del intenso temperamento satírico de un pueblo como el aragonés.»

Hemos agregado en anexo varios artículos citados por Salcedo y otros de sus contradictores, a favor o en contra de Aragón y el aragonesismo.