lunes, 21 de julio de 2025

Yevgeny Ivanovich Zamiatin, Nosotros

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El humanismo renacentista recuperó el gusto por las ficciones que diseñan sociedades ideales, como había hecho Platón con su famosa Atlántida, dos milenios atrás. En el fondo implicaba el deseo de rehacer una pretérita Edad de Oro que añoraron tantos escritores, y que ahora, al entrar en lo que por entonces se bautizará como Edad Moderna, cree vislumbrarse en alguno de los países recién descubiertos en lejanas latitudes, como hizo expresamente nuestro conocido Vasco de Quiroga en su Información en derecho.

Tomás Moro inaugura este renovado género con su Utopía, en la que todavía mantiene un talante crítico e irónico que implica un cierto distanciamiento respecto al mundo que diseña, como se expresa incluso en el nombre que da a su país imaginario. Sin embargo sus inmediatos continuadores se nos mostrarán más enamorados de sus creaciones, y las presentan como acabadas soluciones a los problemas de las sociedades de su presente: Campanella con su Ciudad del Sol, Bacon y su Nueva Atlántida... Y de ahí la hilarante crítica al respecto que incluye el malicioso Swift en sus Viajes de Gulliver.

Con el triunfo de la ideas de la Ilustración, del inevitable Progreso (así, con mayúscula), y de las Revoluciones como medio necesario para alcanzarlo, algunos políticos comienzan a incluir la utopía en sus estrategias y en sus escritos, como Fourier con sus falansterios y, por supuesto, Marx. Las mejores utopías del siglo XIX se tiñen, naturalmente, de activismo político: la Icaria de Cabet, la Ninguna Parte de Morris. Y desde el extremo ideológico opuesto, se idealiza (se utopiza) la antigua sociedad tradicional y patriarcal, previa al triunfo de la Revolución, como hizo por ejemplo Pereda en su Peñas arriba.

Todos los anteriores, sin embargo, obedecen a posturas ideológicas marginales en el catálogo político de la Belle Époque, del tránsito del siglo XIX al XX: por entonces domina incontestable lo que podemos llamar el complejo de superioridad de Occidente, la plena seguridad en su firme avance indefinido por la senda del Progreso gracias al positivismo, al cientifismo, al capitalismo, al imperialismo, al secularismo... Los logros alcanzados son impresionantes, el esplendor de este mundo alegre y confiado, indudable. Pero cada vez son más numerosos los que perciben las fisuras, las grietas que crecen a la sombra de esta Casa Usher...

Todo este mundo se viene abajo estrepitosamente con la Gran Guerra. Se entra en una época de incertidumbres, penalidades y temores, que contribuyen a hacer admirables y creíbles las múltiples utopías que se habían formulado. Desde planteamientos socialistas, nacionalistas o capitalistas, muchos están convencidos de poseer la receta mágica que solucionará todos los problemas de la época, y establecerá una sociedad perfecta que asegure la paz, la abundancia y la felicidad de sus habitantes. Pero antes es necesario convencer a las masas, reeducar a los renuentes, y, si es necesario (como lo será), eliminar a los refractarios. Y, en ese mundo en crisis, las utopías dejan de estar en ningún-lugar, y comienzan a implantarse en la realidad.

El ingeniero naval y escritor ruso Yevgeny Ivanovich Zamiatin (1884-1937) fue uno de los primeros que dio la voz de alarma sobre este fenómeno, que luego se denominará totalitarismo. Bolchevique en su juventud, padecerá en distintos grados persecuciones, prisión y exilio tanto bajo el zarismo como bajo el comunismo. Había regresado a Rusia en 1917, tras la revolución, y emprendido una destacada carrera literaria rápidamente truncada por la creciente censura y la represión, tanto con Lenin como con Stalin, y la imposibilidad de publicar sus obras. En 1931, por mediación de Máximo Gorki, fue autorizado a marchar con su esposa al extranjero. Falleció en París en 1937.

Podríamos pensar que fue su propia experiencia personal lo que le llevó a dar una vuelta de tuerca al por entonces venerable género de las utopías: el estado perfecto ya ha triunfado, y se han establecido la paz, el bienestar y la felicidad absolutas, perpetuas... y obligatorias. Pero el poder no se conforma con su exclusivo monopolio: exige también a todos que se identifiquen con él, que lo amen. Y el lector, progresivamente descubrirá el revés de la trama: contradicciones e hipocresía, sevicias y corrupción, tiranía y despotismo... Ha nacido el género de la Distopía.

Zamiatin lo plasma en su novela Nosotros, en la que nos presenta el Estado Único, que desde hace siglos ha logrado establecer la sociedad perfecta, en la que el yo, causa de todos los males, ha sido sustituido por el nosotros. La igualdad de todos los individuos es absoluta; carecen de nombre (se identifican por una letra y un número); se ha erradicado la familia; todos viven al unísono y colectivamente, con los mismos horarios, la misma vestimenta, las mismas viviendas trasparentes, y hasta con las mismas quince masticaciones de cada bocado de la sustancia derivada del petróleo que les alimenta.

Protegidos por el Muro Verde, se ha eliminado todo aquello que suponga desorden, como las plantas, los animales, la misma tierra. Y asimismo la imaginación, los sueños, la individualidad, la libertad; de hecho, una de las más terribles enfermedades consiste en la formación de un alma en el interior de un leal número del Estado. El Benefactor, elegido por aclamación año tras año en unas elecciones a las que no concurre ningún otro candidato, rige benévola y esforzadamente el Estado, auxiliado eficazmente por la Oficina de Guardianes, por las membranas de escucha, por los encargados del control, por la Campana Neumática, por la Máquina Benefactora...

El Estado Único contrapone entropía (entendida al modo filosófico) y energía. La primera es el nosotros, el reposo, el feliz equilibrio, mientras que la segunda es el yo, el movimiento, la insatisfacción. La entropía, esto es el Estado Único, asegura la felicidad; en cambio la energía, los que lo rechazan, persiguen una libertad que les hace infelices. Y es que felicidad y libertad se oponen plenamente. El Benefactor solucionará el dilema gracias al descubrimiento del órgano de la imaginación (en el fondo, del albedrío), que puede ser extirpado fácilmente: «Seréis perfectos, seréis como máquinas; el camino a la felicidad se ha abierto del todo. Apresuraos, jóvenes y viejos, apresuraos a someteros a la Gran Operación.»

La distopía de Zamiatin resultará premonitoria de tantas locuras del siglo XX. Y son incontables las obras que derivan directa o indirectamente de ella. Naturalmente, entre todas destacan unos pocos primeros espadas: Un mundo feliz de Huxley, 1984 de Orwell, La guerra de las salamandras de Capek, Farenheit 451 de Bradbury... Muchos más desarrollarán y diversificarán el género, hasta llegar, por ejemplo, a Los juegos del hambre de Collins. Y es que la distopía como nuevo género de denuncia de los totalitarismos triunfó plenamente, pero su éxito condujo a una cierta y patente esterilización, adocenamiento, y meros propósitos comerciales en muchos de los productos literarios y audiovisuales posteriores. Pero este fenómeno es recurrente, desde siempre, en la historia de la cultura.

Nosotros fue escrito hacia 1920. Ante el rechazo tajante de las autoridades comunistas, Zamiatin enviará una copia al extranjero, y pronto se publicarán las traducciones al inglés (1924), al checo (1927) y al francés (1929). La primera edición en ruso tuvo que esperar hasta 1952 y se hizo en Nueva York. A ella corresponde la portada que hemos incluido. Aunque la primera traducción al español fue bastante tardía, ya que la realizó Juan Benusiglio en 1970, parece ser que se han publicado otras seis traducciones diferentes a nuestro idioma. A ellas agregamos hoy, sin ninguna pretensión literaria, una nueva versión que hemos perpetrado a partir de la vieja edición francesa, tampoco enteramente fiel al original.

viernes, 11 de julio de 2025

La epopeya de Gilgamesh

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C. V. Ceram, en su excelente clásico divulgador Dioses, Tumbas y Sabios, nos cuenta de las expediciones en Mesopotamia de Austen Henry Layard a partir de 1839, y su decisivo descubrimiento de la biblioteca de Asurbanipal en Nínive diez años después. El hallazgo de treinta mil tablillas de arcilla con escritura cuneiforme proporcionó una ingente información de primera mano sobre la historia y la cultura mesopotámica. Además de abundantes obras religiosas, mágicas y médica (todo relacionado), «también se hallaron listas de reyes, anotaciones históricas, noticias políticas, sucedidos e incluso poesías, cantos épicos, leyendas mitológicas, e himnos. Por último, entre todo aquel tesoro hallóse redactada en placas de arcilla la obra literaria más importante del antiguo mundo mesopotámico: la primera epopeya de la Historia universal, la leyenda del maravilloso y terrible Gilgamés, mítica figura que tenía dos tercios de ser divino y uno de persona humana.»

Pero fue George Smith el que, a partir de 1872 y en Londres, donde se habían enviado las tablillas, localizó y tradujo por primera vez la epopeya de Gilgamesh. «Por aquella época, nadie sospechaba que hubiera existido una literatura asirio-babilónica digna de ser comparada con las posteriores grandes obras clásicas de la literatura. No era aquello lo que fascinaba a Smith, científico en el fondo, sin ambición literaria y, probablemente, sin afición por las musas. Pero apenas hubo comenzado el desciframiento, quedó fascinado por la trama de la leyenda y la acción narrada, no por su forma. Y cuanto más progresaba en su tarea, más le entusiasmaba lo que allí se decía, sobre todo una alusión secundaria que hallaba al final...

»Smith había seguido apasionadamente la narración de las grandes hazañas de Gilgamés. Había leído la leyenda del hombre del bosque, Enkidu, que fue llevado a la ciudad por una sacerdotisa prostituta del templo para vencer a Gilgamés, el presumido. Pero la terrible lucha entre los dos héroes no dio una victoria, sino que Gilgamés y Enkidu se hicieron amigos y ambos realizaron juntos nuevas hazañas portentosas: mataron a Chumbaba, el terrible dueño del bosque de los cedros, e incluso provocaron a los mismos dioses al insultar groseramente a la diosa Istar, que había ofrecido a Gilgamés su amor divino.

»Y descifrando fatigosamente, Smith había leído cómo Enkidu falleció de una terrible enfermedad, cómo Gilgamés le lloraba y cómo, para no compartir igual destino, se marchó en busca de la inmortalidad. Encaminóse adonde estaba Ut-napisti, el antepasado común de todos los humanos, el único que con su familia logró eludir el gran castigo impuesto por los dioses al género humano, haciéndose así inmortal. Y Ut-napisti, el antepasado común, contó a Gilgamés la historia de su milagrosa salvación.

»Smith leía aquello con ojos encendidos. Pero cuando su excitación empezaba a transformarse en la certeza de un nuevo descubrimiento, tropezaba cada vez con más lagunas en el texto de las placas enviadas por Rassam, constatando Smith que sólo poseía una parte del texto y que lo esencial, el final de la gran epopeya, con el relato de Ut-napisti, sólo restaba en fragmentos. Pero lo descifrado hasta entonces de la epopeya de Gilgamés no le permitía callar. Al conocerse este hecho, toda Inglaterra, país muy aficionado a las lecturas bíblicas, se conmovió. Un diario muy conocido ayudó a George Smith. El Daily Telegraph hizo saber que pondría 1.000 guineas a disposición de quien hallara el resto de la epopeya de Gilgamés, marchando a Kuyunjik para buscarlo.

»Y George Smith, el ayudante del Museo Británico, aceptó aquel desafío. Lo que le pedían no era ni más ni menos que esto: recorrer miles de kilómetros, desde Londres a Mesopotamia, para buscar allí, en una montaña de escombros que en relación con su volumen apenas estaba escarbada, determinadas placas de arcilla. Llevar a cabo tal tarea era algo así como buscar la famosa aguja en un pajar. George Smith, repetimos, aceptó la propuesta de emprender tan audaz labor. Pero lo más sorprendente es que se repitió uno de aquellos increíbles golpes de fortuna que en el transcurso de las exploraciones arqueológicas se han dado tantas veces: ¡Smith halló inmediatamente las partes que faltaban de la epopeya de Gilgamés!

»Regresó a Londres con 384 fragmentos de placas de arcilla, y entre ellas estaban las que completaban el relato de Ut-napisti, cuya primera alusión tanto le excitó. Aquella historia era la descripción del Diluvio, pero no de una de esas catástrofes acuáticas que aparecen en la mitología primitiva de casi todos los pueblos, sino la descripción de un diluvio bien determinado, exactamente igual al que mucho más tarde contaba la Biblia. Pues Ut-napisti no era sino el bíblico Noé.»

* * *

Presentamos una adaptación simplificada a partir de la edición de Federico Lara Peinado (Editora Nacional, Madrid 1980.) El profesor Lara reunió y tradujo las diferentes versiones asirias, babilónicas, sumerias, hurritas e hititas de cada una de las doce tablillas que componen la Epopeya. Para facilitar el acercamiento a esta obra capital de la Mesopotamia de la primera mitad del segundo milenio antes de Cristo (aunque basada en varios poemas sumerios anteriores), se han unido y simplificado las distintas versiones del poema, y se han introducido leves cambios. No se indican las lagunas del texto, y se han seleccionado y resumido las abundantes notas del editor.

Terminamos con este párrafo del profesor José María Blázquez (1926-2016): «En el Poema de Gilgamesh —y de ahí su impresionante grandeza temática— se cuestionan multitud de facetas de la vida humana (el amor, la amistad, la muerte, la inmortalidad), que quedan más o menos simuladas tras variados elementos de acción, religiosidad o pura fantasía, que orquestan toda la narración en un perfecto crescendo de interés, narración que tanta influencia habría de proyectar sobre los textos bíblicos.»

Placa de terracota que representa la lucha de Gilgamesh
y Enkidu contra Humbaba. Siglos XIX-XVII a. C. (Berlín.)

lunes, 30 de junio de 2025

Julio Cejador y Frauca, Tierra y alma española

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Una de las paradojas de la modernidad es que el liberalismo progresista, que aboga porque la voluntad general rousseauniana deparará necesariamente las benéficas libertad, igualdad y fraternidad, estuvo acompañado desde sus orígenes (Estados Unidos, Francia…) por el disgregador nacionalismo, y dio como fruto el estado nacional y el imperialismo. Anteriormente cada individuo gozaba de una apreciable cantidad de elementos identitarios, compatibles entre sí y compatibles con los otros, como la familia, la religión, el soberano, el país natal, la lengua, el rango, la cultura, el oficio… Ahora todos ellos quedan, en el mejor de los casos, supeditados a la nación y a la ideología, que establecen estrictas separaciones entre los grupos humanos en función de ellas.

Ahora bien, por más que se teorice sobre la existencia de la propia nación desde la noche de los tiempos, y de la pulsión nacionalista, íntima e indestructible en el núcleo de cada individuo, los dirigentes de las sociedades por lo general se encontraron con poblaciones escasa o limitadamente articuladas en el sentido nacional. El siglo XIX (y en adelante…) dedicó una parte considerable de sus energías a afirmar la nación en cada estado, a esforzarse en homogeneizarlo, a establecer qué es y que no es verdaderamente nacional en las costumbres, instituciones, lenguas, cultura, historia, diversiones… En ocasiones se rechazarán usos tradicionales por considerarlos extraños a la Nación, y se sustituirán con tradiciones inventadas, como señaló Hobsbawn, innovaciones a las que en poco tiempo se les reconoce una pátina de siglos falsificada.

Los gobiernos nacionalistas (que lo fueron todos: tradicionalistas, liberales, dictatoriales, democráticos, totalitarios…) llevaron a cabo una propaganda sin límites de la nación: símbolos (bandera, escudo, himno), monumentos a las glorias nacionales (de la política, de la milicia, de la cultura), espectáculos (desfiles y paradas, discursos, teatro, la misma actividad política), los medios de comunicación... Pero una de las estrategias que dio más resultado fue el hecho de encuadrar a toda la población del estado en unas instituciones de asistencia obligatoria durante la infancia (la escuela) y la primera juventud (el servicio militar). Fueron eficaces vehículos para arraigar el conjunto de creencias que caracteriza a cualquier nacionalismo, y todavía lo son hoy, en los tardo-nacionalismos del siglo XXI.

Pues bien, la obra que presentamos obedece a este esfuerzo nacionalizador. Destinada y dedicada a los niños españoles, quiere ser un «verdadero Libro de la Patria: él os enseñará lo que es nuestra tierra, lo que son los españoles, lo que es el alma española, lo que es España.» El autor recorre una a una las regiones y provincias españolas, enhebrando en cada una de ellas descripciones de tierras y gentes, datos objetivos, monumentos y personajes célebres, historias y leyendas. Es una obra de divulgación, y si puede parecer escasamente adaptada a unos lectores infantiles (a pesar de las abundantes invocaciones a los niños a los que se destina), podemos recordar que también Rafael Altamira destinó su extensa Historia de España y de la civilización española, entre otros, a la «gran masa escolar».

La obra de Cejador resulta interesante. Si dejamos un tanto de lado los quizás repetitivos propósitos nacionalizadores, nos quedamos con un abundante compendio de la cultura e historia española, aunque un tanto desequilibrado, escrito a la ligera y a la vez con cierta tendencia a lo erudito. Puede resultar satisfactorio compararlo con otras obras de parecidas pretensiones, como Corazón, de Edmundo de Amicis, y El alma de España, de Havelock Ellis.

El filólogo zaragozano Julio Cejador y Frauca (1864-1927) fue catedrático en la Universidad Central de Madrid y desarrolló una ingente labor investigadora, con obras todavía hoy válidas como los catorce volúmenes de su Historia de la lengua y literatura castellana (1915-1922), La lengua de Cervantes (1905-1906), y otras muchas. Destacó sobre todo en el campo de la lexicografía. Sus planteamientos vasco-iberistas, en cambio, han sido justamente olvidados.

José Luis Melero, tras repasar su vida y su obra (especialmente las contadas obras de ficción que escribió) en un breve estudio, lo caracteriza así: «En Tierra y alma española, libro pensado para los niños y a ellos dedicado, en el que hace un recorrido cultural y sentimental por las distintas tierras de España, Julio Cejador escribió que el aragonés jamás es servil, aunque ello perjudique a sus intereses; que es amigo de la igualdad de todos en libertades y derechos; que es franco, a pesar de los graves problemas que acarrea el manifestar la verdad; que es independiente y digno y que no se rebaja ante nadie, aun a riesgo de pasar por brusco y testarudo; y que estas elevadas cualidades, que se cifran en la independencia y en la entereza, no se dan sin una elevada inteligencia, que predomina sobre la imaginación en el aragonés. ¿Quién no ve en tan atinado juicio el involuntario autorretrato de don Julio Cejador y Frauca?»

José Garnelo, Las glorias de España

lunes, 16 de junio de 2025

Havelock Ellis, El alma de España

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«Una vaca cruzó indolente el campo más próximo y cualquier simple artista podría haberla dibujado, pero siempre me salen mal las patas traseras de los cuadrúpedos. Así que… dibujé el alma de la vaca que veía caminando ante mí bajo el sol; y su alma era púrpura y plata, y tenía siete cuernos y el misterio propio de todas las bestias.» Nos lo cuenta Chesterton, que así profundiza y enaltece al mero bóvido referido, en un artículo publicado en el Daily News, recogido con otros muchos en su Enormes minucias (1909).

Pues bien, algo parecido (salvando la distancia) pretende Henry Havelock Ellis (1859-1939) respecto a España, con su The Soul of Spain publicado en 1908. Ellis fue un acabado ejemplo del intelectual avanzado de su época: médico, próximo a los fabianos, partidario moderado de la eugenesia, reformador social, corresponsal con Unamuno (con un cierto distanciamiento a causa de Manuel Ferrer Guardia)... Pero su fama se debe sobre todo a sus estudios de la sexualidad humana, campo en el que logró una poderosa, duradera y seria influencia. C. S. Lewis bromea al respecto al sugerir que «algunas jóvenes parejas van ahora al sexo con las obras completas de Freud, Kraft-Ebbing, Havelock Ellis y del Dr. Stopes desparramadas a su alrededor sobre las mesillas de noche.»

Ellis visitó con asiduidad España, cuyas tradiciones, vislumbradas todavía niño en una ocasional visita a Lima, tan ajenas al mundo anglosajón, «han ejercido sobre mí, desde entonces, tan poderoso atractivo, y me han causado tan vivas y hondas emociones.» Y concluye: «España representa, ante todo, la suprema actitud de una manifestación primitiva y eterna del espíritu humano, una actitud de energía heroica, de exaltación espiritual, no ya encaminada a fines de comodidad o de medro, sino a los hechos fundamentales de la existencia humana. Esta es la España esencial que me he esforzado por penetrar en mis rebuscas.»

España le atrae poderosamente, y reitera una y otra vez las razones de su admiración, que la hacen tan señaladamente diferente, para lo bueno y para lo malo, del resto de los países europeos. Los calificativos y juicios de valor se amontonan, en un esfuerzo de captar el alma de España: carácter vigoroso, manifestación primitiva y eterna del espíritu humano, energía heroica de exaltación espiritual, temple tenaz pero flexible, admiración por todo lo extranjero, honradez aunque con un poco de lentitud de comprensión, orgulloso de sus pasadas glorias, espíritu esencialmente anticomercial (excepto los catalanes), el más democrático de los pueblos, tierra del romanticismo en su verdadero sentido, carente de verdadero sentido estético, tenazmente preocupado por la muerte, con una singular uniformidad antropológica en toda España, índole selvática cuando no salvaje, infantil simplicidad e intensidad de sentimientos, dureza y austeridad que desdeña lo superfluo, amor a la inacción, indiferencia ante los sufrimientos, individualismo, amor a la independencia y preferencia por las pequeñas agrupaciones del clan…

En fin, por muy tentador que resulte proseguir ad infinitum esta (o cualquier otra) enumeración, puede bastar lo anterior como confirmación del Spain is different de Ellis, muy anterior al lema de promoción turística de los años sesenta del pasado siglo. El problema es que esas apreciaciones en avalancha pueden resultar un tanto vacuas, imprecisas, discutibles, cuando no un mero ejercicio literario. Por un lado estas características son muy diversamente aplicables a los españoles de la época de Ellis (basándonos en los múltiples testimonios que poseemos) o de la época actual (por la propia experiencia de cada uno). Y por otro lado, estas mismas características, si les desprendemos los ringorrangos poéticos que Ellis les adhiere, están tan desigualmente presentes en toda sociedad de cualquier tiempo o lugar.

Pero, de todos modos, intuimos que Ellis encontró en España lo que esperaba encontrar, los mismos prejuicios o juicios previos que se trajo consigo en la maleta, y este hecho no priva en absoluto de interés a la obra. Sus observaciones, sus reflexiones, sus deducciones, aunque no se compartan, sirven para confrontar y calibrar, educadamente, las nuestras propias, y avanzar en una mayor comprensión. Por último, al igual que el alma de la vaca de Chesterton nos permitía adentrarnos en el alma de Chesterton, el alma de España de Havelock Ellis nos da libre acceso a su propia alma, que se adentra por los más interiores vericuetos de la cultura española: el arte, la literatura, la danza, las tradiciones...

La obra corresponde a una época dorada para los nacionalismos, que se esfuerzan en dotar de sustancia, personalidad, trascendencia a cada una de las naciones existentes o imaginadas; a todas ellas se las percibe como realidades preexistentes cuando no eternas, que abducen a los meros individuos que las componen, los cuales poseen una muy menor dosis de realidad y entidad que aquellas. Son múltiples las reflexiones que se hicieron en esos años para comprender, explicar y justificar este fenómeno, y son abundantes los testimonios de ello que hemos incluido en Clásicos de Historia.

Presentamos la traducción que realizó Juan Gutiérrez Gili (1894-1939), aunque hemos repuesto algunas notas y breves pasajes omitidos en la edición española de 1928. También incluimos el breve ensayo El genio de España, publicado en 1902 en la revista The Nineteenth Century and After, y rehecho por Ellis en 1918. Sin embargo, la obra a la que se destinaba, The Genius of Europe, quedará inédita hasta su publicación póstuma en 1950. Es ésta la versión que comunicamos. La traducción es propia.

Mariano Benlliure, Alma española, 1903.
Ilustración para la portada del primer número de la revista del
mismo nombre, uno de los órganos oficiosos de los "noventayochistas"

martes, 10 de junio de 2025

Ricardo Macías Picavea, El problema nacional: hechos, causas, remedios

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Presentamos la obra de uno de los más destacados regeneracionistas que desde fines del siglo XIX reaccionan ante lo que perciben como decadencia española, especialmente a partir de la derrota ante Estados Unidos en 1898. Supone en el fondo el cuestionamiento absoluto de la fallida revolución liberal en España —una de las más tempranas entre las europeas y americanas—, que a su juicio ha sido incapaz de establecer una sociedad moderna y desarrollada como las que se perciben en los países de su entorno. Ricardo Macías Picavea (1847-1899) fue un geógrafo, publicista y ocasional político republicano. Rafael Altamira, en su Psicología del pueblo español (1901 y 1917) caracterizó esta influyente obra así:

«Es interesante advertir que, de ordinario, cuando se ha pretendido analizar nuestra situación presente —y así ocurrió en casi toda la literatura llamada de la regeneración (1898-1901), y aun en algunos libros anteriores—, el examen se ha limitado a los defectos propiamente dichos, deteniéndose en ellos, sin apreciar a su vera otros signos no menos nuestros y de la hora presente, que alguna vez importan y pesan más que los defectos mismos. Esa limitación era y es, por otra parte, muy natural. Lo primero que hiere a todo patriota (y en general a todo hombre) es lo malo, cuyos efectos dolorosos sufre con la consiguiente reacción para librarse de ellos, y en su afán de remediarlos insiste en su examen, lo ahonda y a menudo exagera su alcance y su arraigo. Semejante posición, con necesitar que se la rectifique limpiándola de exageraciones y del fácil pesimismo a que lleva, es, no obstante, preferible a la inconsciencia del peligro, a la corchadura de la piel que no siente los pinchazos del mal y ha perdido los reflejos de la defensa espontánea.

»Tomemos como ejemplo uno de los libros más valientes que se han escrito acerca de nuestros defectos actuales: El problema nacional, del señor Macías Picavea. Para el señor Macías, prematuramente arrebatado a la enseñanza patria, España es un pueblo enfermo, cuyos defectos superan por modo incomparable a las buenas condiciones, o las han soterrado bajo tan espesa capa de vicios, que es ya imposible su nuevo afloramiento.

»Enumera el señor Macías esos vicios o caracteres de la enfermedad nacional del siguiente modo: idiocia, es decir, paralización del progreso, de la marcha evolutiva social; psitacismo o predominio de la palabra, de la retórica, sobre el pensamiento; atrofia de los órganos de la vida nacional (regiones, consejos, gremios, clases, corporaciones sociales); olvido y suplantación de la tradición; pérdida de la personalidad; desorientación; incultura, ideologismo, vagancia, pobreza, moral bárbara, irreligiosidad decadentista, incivilidad regresiva; todo ello derivado de las siguientes lacerías históricas, cuya cuna fue el entronizamiento de la Casa de Austria: cesarismo; despotismo ministerial y caciquismo, degeneraciones de aquél; centralismo; teocratismo; unidad católica e intolerancia; militarismo y parálisis de la evolución.

»El señor Macías es, como se ve, muy pesimista o, por mejor decir, ve muy negro el cuadro de nuestras enfermedades. Quizá por esto es llevado a desconfiar, no sólo de la masa, sino aun de todo esfuerzo colectivo, aunque proceda de una colectividad reducida; y por ello pide «un hombre», es decir, un genio, uno de esos dictadores tutelares que, al parecer, han sido los productores de grandes transformaciones sociales. A la misma conclusión van a parar otros autores de la misma época, unos claramente, otros quizá sin darse cuenta de ello. Y así, aunque tal vez no fuese esa su intención, sobre el coro de tremendas acusaciones y pesimismos irredimibles se levanta la voz del instinto que confía en un remedio, aunque éste consista temporalmente en la sustitución de la actividad colectiva por una fuerza individual redentora.»

Acertó Altamira en su análisis. El siglo XX español muestra una secuencia de recetas redentoras, autoproclamadas cada una como la única eficaz, auténtica materialización del costista cirujano de hierro, y por tanto merecedora de imponerse a la fuerza tan violentamente como sea preciso: el anarco-sindicalismo, la dictadura de Primo de Rivera, el republicanismo de izquierda, los nacionalimos catalán y vasco, el nacional-sindicalismo falangista de la república y del primer franquismo, el colectivismo socialista y comunista de la guerra civil, los sucesivos modelos autoritarios del franquismo... Todas se implantaron en diversa medida, con un coste considerable, hasta la última de ellas, en la que se quiso ver, según lo predicho por Macías Picavea, «el hombre histórico, el hombre genial, encarnación de un pueblo y cumplidor de sus destinos… Patriota ferviente, encarnaría en todas sus resoluciones el alma de la patria; mano de hierro, ante ella caerían, como ante el rayo las torres cuarteadas, oligarcas, banderías y caciques; apóstol y Mesías del pueblo.»

Para pasar página de todos estos redentores (por ahora), habrá que esperar a la Transición: entonces se constatará un intento de acción colectiva que aúne desarrollistas, aperturistas, opositores más o menos democráticos y nacionalistas varios. También nuestro autor lo había vaticinado en cierto sentido, cuando se dirige a la nación entera: «¿Por qué, quemando en arranque de suprema abnegación sobre el ara de la patria en peligro los propios ídolos, no se han de levantar todos los españoles, instituciones, clases, poderes, a fundir sus fuerzas en una fuerza para sustituir con nuestra voluntad y conciencia la que el destino nos niega?» E invoca a la reina, al pueblo, al ejército, a la Iglesia, y a republicanos, carlistas, fusionistas y conservadores.

En Clásicos de Historia hemos comunicado algunas de las obras regeneracionistas más destacadas: Los males de la patria y la futura revolución española (1890) de Lucas Mallada; Idearium español (1897) de Ángel Ganivet; Oligarquía y caciquismo (1901) de Joaquín Costa; y la antología Patriotismo y nacionalismos. Textos regeneracionistas (1898-1934) de Santiago Ramón y Cajal.

lunes, 2 de junio de 2025

Sexto Aurelio Víctor, Sobre los Césares

De un cómic de Philippe Delaby

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En su día comunicamos Sobre los varones ilustres de la ciudad de Roma, obra erróneamente atribuida a Sexto Aurelio Víctor (c. 330-390), el norteafricano hijo de campesinos que logró ascender cultural y socialmente en la sociedad romana hasta alcanzar el rango más elevado: gobernador de Panonia, prefecto de la ciudad de Roma, y por lo tanto del Senado, cónsul, y fue merecedor de que se le erigiese una estatua. Su carrera política se desarrolla especialmente en los reinados de Juliano y Constancio II y, más tarde en el de Teodosio, al que el mismo Aurelio dedicó en Roma una estatua cuyo basamento, con la inscripción que reproducimos más abajo, fue fortuitamente encontrada en el siglo XVI en el entorno del Foro de Trajano.

Respecto a su fama en las Letras, varios autores de su época lo alaban y muestran un gran interés por sus obras, como Amiano Marcelino y Jerónimo de Estridón… y lo plagian, como hizo el desconocido autor de la Historia Augusta; otros posteriores aun lo citan, como Pablo el Diácono en el siglo VIII. Y sin embargo, sólo se le atribuye con seguridad la breve obra que comunicamos, que desde su inicio se presenta como continuación de la caudalosa y dilatada historia de Roma de Tito Livio, aunque más bien parece ser Suetonio su modelo. Es el Liber de Cæsaribus o Aurelii Victoris Historiæ Abbreviatæ ab Augusto Octaviano, id est a fine Titi Livii, usque ad consulatum decimum Constantii Augusti et Iuliani Caesaris tertium, en el que se ocupa de los últimos cuatro siglos del Imperio Romano, hasta su tiempo.

Sin embargo su fama se eclipsó relativamente pronto, como parece demostrar la escasez de manuscritos medievales que se han conservado: apenas dos, y del siglo XV. En cambio, de su contemporáneo Eutropio, autor del Breviario de historia romana, escrito en un lenguaje más fácil y directo, han llegado a nosotros copias en unos ochenta códices. El De Cæsaribus se imprimió por primera vez en Amberes en 1579, y desde entonces por lo general se editó junto a otras dos obras que fueron atribuidas Aurelio Víctor: Origo gentis Romanæ, y el citado Liber de viris illustribus, conocidas conjuntamente como Corpus Aurelianum o Historia tripertita. También se le añadió el llamado el Epitome de Cæsaribus, que tras resumir la obra que nos ocupa, la continúa unos treinta y cinco años hasta la época de Teodosio.

Justin Stover y George Woudhuysen, profesores de las universidades de Edimburgo y Nottingham, publicaron el pasado año el libro The Lost History of Sextus Aurelius Victor, en el que subrayan la llamativa contradicción que se observa entre el gran prestigio como historiador que Víctor tuvo en su tiempo, y lo exiguo de las obras conservadas, lo que les conduce a plantear una interesante hipótesis. Reproducimos a continuación algunos párrafos del artículo que sobre esta cuestión publicaron en el foro Antigone.

«La brecha entre la considerable fama de Víctor con sus contemporáneos y la naturaleza obviamente insatisfactoria de su obra debería al menos hacernos reflexionar. Los gustos antiguos y modernos no siempre coinciden... pero sí parece extraño que Juliano, Jerónimo y el resto tuvieran tan alta estima por una obra tan claramente inadecuada como el De Cæsaribus. Tenemos una excelente idea de lo que los lectores latinos del siglo IV valoraban en una obra de historia y, en lo que a ellos respecta, los modelos a seguir eran Salustio y (en menor medida) Livio. Nadie podría confundir el De Cæsaribus, aunque exiguo, con la punzante brevedad de una de las monografías de Salustio, y menos aún con las exuberantes décadas de la historia de Livio…

»Si examinamos el De Cæsaribus en los manuscritos que transmiten la obra, encontramos algo bastante interesante. El De Cæsaribus tiene una transmisión escasa en manuscritos... pero le dan el mismo título: no el por el que se conoce comúnmente hoy (una invención de principios de la era moderna), sino Aurelii Victoris Historiæ Abbreviatæ. Sólo una cosa puede significar: las Historias abreviadas de Aurelio Víctor, abreviadas no en el sentido de que son meramente cortas, sino más bien en que alguien ha pirateado el texto de un original más extenso. El título mismo nos dice que ésta no es la obra histórica original de Víctor, sino más bien un epítome de la misma…

»La razón de la fama de Víctor entre sus contemporáneos y su oscuridad actual debería ser ahora obvia. Ellos leían la que era, sin duda, una historia monumental del Imperio Romano, que despertó enorme admiración entre los testigos más diversos imaginables en el siglo IV. Nosotros sólo estamos ante dos epítomes fragmentarios de esa obra, sin advertir siquiera que lo son. Podríamos comparar el proceso con intentar juzgar una gran novela por su entrada en Wikipedia: informativa hasta cierto punto, pero que no llega muy lejos.

»Ante nuestras narices se oculta una importante historia perdida del Imperio Romano, a la espera de ser redescubierta. Claro que no podemos leerla completa y debemos conformarnos con resúmenes de su contenido, pero esa es la situación habitual de los grandes historiadores romanos. Las obras de Salustio, Tácito, Tito Livio y Amiano Marcelino nos han llegado sólo parcialmente. Afortunadamente, podemos usar extractos y citas antiguas para comprender las Historias de Salustio y los epítomes antiguos y comprender las líneas generales de la obra de Tito Livio; no se conserva nada similar de las partes perdidas de Tácito y Amiano.

»Las posibilidades que todo esto plantea resultan muy emocionantes. No hay pruebas sólidas de que alguien hubiera intentado escribir una historia a gran escala en latín después de la época de Tácito y Suetonio, a principios del siglo II. Al escribir una historia tan sustancial en el año 360 de C., Víctor emprendió una aventura extraordinaria. Su obra muestra el arranque del gran resurgimiento de la literatura latina de fines del siglo IV, e influyó claramente en sus contemporáneos, y de ahí la admiración que despertó. Una comprensión adecuada de la historia perdida de Sexto Aurelio Víctor transformará nuestro conocimiento del pasado romano.»

Inscripción de la basa de una estatua de Teodosio
encontrada cerca de la Columna Trajana, en Roma.

«A quien ha superado la clemencia, santidad
y munificencia de los antiguos emperadores,
nuestro señor Flavio Teodosio,
piadoso, vencedor, emperador para siempre,
Sexto Aurelio Víctor, de rango senatorial,
prefecto de la ciudad, juez en lugar del emperador,
la consagró (la estatua) a su divina majestad.»

(Corpus Inscriptionum Latinarum VI 1186)

lunes, 19 de mayo de 2025

Jacob Burckhardt, La época de Constantino el Grande. Paganismo y cristianismo

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En su obra ¿Qué es la historia cultural?, Peter Burke se refiere así al que puede considerarse como uno de los primeros y más importantes creadores de esta corriente historiográfica, el suizo Jacob Burckhardt (1818-1897).

«No es casual que los historiadores culturales más destacados del período, Jacob Burckhardt y Johan Huizinga, pese a ser académicos profesionales, escribieran principalmente sus libros para el gran público. Tampoco es casual que la historia cultural se desarrollara en el mundo de habla alemana antes de la unificación de Alemania, cuando la nación era una comunidad cultural más que política, ni que la historia cultural y política llegasen a concebirse como alternativas o incluso como opuestas. En Prusia, sin embargo, la historia política era dominante. Los discípulos de Leopold von Ranke tachaban la historia cultural de marginal o de asunto de aficionados, por no basarse en documentos oficiales de los archivos ni contribuir a la tarea de construcción del Estado

»En su producción académica, Burckhardt abarcaba un amplio espectro, desde la Grecia antigua, pasando por los primeros siglos del cristianismo y el Renacimiento italiano, hasta el mundo del pintor flamenco Pedro Pablo Rubens. Hizo relativamente poco hincapié en la historia de los acontecimientos, prefiriendo evocar una cultura pasada y resaltar lo que llamaba sus elementos “recurrentes, constantes y típicos”. Procedía intuitivamente, empapándose del arte y la literatura del período que estaba estudiando y estableciendo generalizaciones que ilustraba con ejemplos, anécdotas y citas, evocadas con su vívida prosa.»

Y más adelante: «...Burckhardt defendía la relativa fiabilidad de las conclusiones sacadas por los historiadores culturales. La historia política de la antigua Grecia, sugería, está plagada de incertidumbres porque los griegos exageraban o incluso mentían. “En cambio, la historia cultural posee un grado primario de certeza, pues consta en su mayor parte de material transmitido de modo no intencionado, desinteresado o incluso involuntario por las fuentes y los monumentos.”

»En lo que atañe a la relativa fiabilidad, Burckhardt tenía sin duda su parte de razón. Su argumentación acerca del testimonio “involuntario” resulta asimismo convincente: los testigos del pasado pueden decirnos cosas que ellos no sabían que sabían. Con todo, sería imprudente asumir que las novelas o los cuadros son siempre desinteresados, que están libres de pasión o de propaganda. Al igual que sus colegas de la historia política o económica, los historiadores culturales necesitan practicar la crítica de las fuentes, preguntándose por qué llegó a existir un determinado texto o imagen; si tenía como propósito, por ejemplo, persuadir a los espectadores o a los lectores para que emprendiesen un determinado curso de acción.»

Presentamos en esta entrega una obra de 1853, La época de Constantino el Grande, que en español fue titulada Paganismo y cristianismo, ya que son estos aspectos ideológicos los que entonces ocuparon a un todavía joven Burckhardt. Naturalmente, la investigación histórica, el conocimiento y crítica de las fuentes del siglo IV han avanzado mucho en estos últimos siglo y tres cuartos. Como ejemplo, sirva la valoración de la Historia Augusta, que nuestro autor emplea profusamente, y que, como vimos en su día, desde fines del siglo XIX fue muy cuestionada. Y sin embargo, con esta obra de Burckhardt nos encontramos ante un auténtico clásico, con el que podemos llevar a cabo un original acercamiento a una época clave en la historia.

Luis Suárez, en su Grandes interpretaciones de la Historia, lo elogiaba así: «Burckhardt, uno de los historiadores más grandes que hayan existido...». Y de sus principales obras, La época de Constantino el Grande, La cultura del Renacimiento en Italia, y su Historia de la cultura griega, señala que «siguen siendo básicas en la formación de cualquier historiador. Él mismo las definía diciendo que de ninguna manera quería hacer simple erudición ni tampoco Filosofía de la Historia, sino un esfuerzo comprensivo sobre determinadas épocas del pasado. Historiar es ejercer “el registro de los hechos que una edad encuentra notables en otra” (...) De su definición de esta ciencia nacía el hecho de que cada generación descubre perspectivas nuevas al suceder histórico. En cierto modo puede decirse que rehace la Historia, aunque no en el sentido de que abandone cuanto se hiciera anteriormente.»